LA BRAÑA DE LOS FUEXOS

 "Existen cosas que, a pesar de tener un gran valor, hemos dejado de admirar porque resultan demasiado fáciles. Es un lujo poder hundir los pies en la nieve virgen y oír cómo los cristales de hielo crujen bajo la suela de los zapatos".

Mónica Artigas


La nieve, la blanca nieve cubre gran parte del paisaje que nos rodea, no ha dejado de caer desde hace muchos días, tantos que recuerdo que este fue el último día que vi el sol, si, el último o tal vez el penúltimo porque al día siguiente lo recuerdo ahí, calentándome en medio de la una enorme ventisca de nieve. Hoy, bueno, cuando fui eran los primeros días de nevadas, como decimos aquí todo estaba muy guapo, tan guapo que costaba hasta caminar.


Las vacas mugían en el helado prado a la salida de Fresnedo o Fresnéu (como se conoce aquí), el pueblo aún en sombra esta sometido a una frialdad que me somete a mi nada más poner un pie en el aparcamiento, el termómetro marca un grado, la sensación térmica esta por debajo de cero. La tierra cruje bajo mis pies, el barro cruje bajo mis botas, mi cuerpo cruje cuando piso el barro, el frío traspasa mis tres capas de ropa, el camino comienza ascendiendo, calor. La ruta hasta la braña no tiene perdida, bien marcada, bien señalizada, perfecta.


Vamos dando vuelta al valle, ascendiendo por las laderas de la Sobia en dirección a la peña de la Cueva Rubia, la pista completamente helada amenaza con derribarte a cada pisada, un paso aquí, otro allá, ahora de lado, resbalón y huy por poco, así casi hasta las proximidades de la peña, lo bueno que paras, contemplas, te quedas ensimismado y se te olvida pronto que vas sobre hielo y al volver a caminar te das cuenta de que la pista deslizante sigue provocándote a caer y de momento tu ganas. Por tu mente pasa: la que me espera a la bajada, la que me espera.



El paisaje se transforma con la nieve, las montañas, los valles, los caminos... pero que me decís de los bosques, lo de los bosque es pura magia, desnudos de sus hojas, la nieve dibuja su esqueleto, cabalga por las ramas, los inclina sobre los caminos, entro en el hayedo, mi corazón late más deprisa, tal vez por la subida constante, dura y larga o por ese juego entre yo y el hielo.


Y llegamos a un árbol singular, un haya, aquí, un cartel se encarga de transmitirnos lo que sucedía en este lugar, se trata de la "Faya (Haya) de la Medida" su tronco se usaba para comprobar la talla de los vaqueiros jóvenes, subían hasta allí a tallarse, una vez junto a ella pegaban la espalda al tronco, si su cabeza no tocaba en la curva inmediata se decía que no daban la talla y, por tanto, no iban al servicio militar y si la tocaban como yo, nadie los libraba de cumplir el tan temido servicio militar. Que cosas y que curiosas, a mi me midieron con un metro de esos de andar por casa, de tela, creo recordar.



Y continuó por el bosque donde las únicas huellas son las que yo voy dejando o las de muchos animales, corzos, ciervos, alguna de zorrillo, cuesta caminar pero no por la nieve que esta preciosa para ser pisada, sino por la belleza extraordinaria de lo que me envuelve, sumergido en un mundo en blanco en negro que se encarga de trastocar algún que otro pinzón que trina en alguna rama, me quedo extasiado contemplando este mundo tan bello, pero hay que seguir, los días son cortos y el frío continua, el sol avanza pero no tan rápido como yo pensaba.



Con pena dejo el bosque, me giro y le echo una última mirada, aún me queda regresar por ahí, volveré a disfrutarlo de nuevo, estoy ya muy cerca de la baña, acelero el paso sigo viendo muchas huellas, de ciervos, rebecos, corzos... entre la mías.



Llego a la entrada de la braña, varios depósitos de agua congelados, una mesa cubierta entera de nieve, el cartel identificativo, las cabañas y los corros distribuidos entre los árboles, algunas ocultas entre tanta nieve, la rebaso intencionadamente para contemplar desde lo alto el bosque y la cimera de la Sobia y la subida hacía el valle Murias, para hoy no, pero si para otro día. Regreso sobre mis pasos y comienzo a buscar cabañas.



La baña de los fuexos se encuentra situada a 1.255 metros de altura y además de contar con alguna cabaña cuenta también con corros, edificios de piedra en los cuales se recogía a los terneros pequeños para resguardarlos allí de los depredadores. La nieve cubre por completo algunos de esos corros  los camufla perfectamente entre las ramas de los árboles.



Sin prisa trazo un recorrido que me va llevando de un corro a una cabaña y de esta a otro corro, apetece quedarse aquí, encender la chimenea de la cabaña y pasar aquí la noche, en la braña como hacían los vaqueiros hasta no hace mucho. Que guapo sería ver amanecer desde aquí arriba.

   



 Con la emoción de ir descubriendo cabañas casi no me doy cuenta de que el sol ha llegado finalmente a mi altura, la luz cambia el paisaje y parece nata lo que contemplo, la nieve inmaculada, limpia,  aún da más belleza a esta lugar. Pero hay que regresar, salir de la baña, volver a introducirme en el bosque, mientras el sol desaparece y el frío vuelve a reinar de nuevo en este mundo helador y llego de nuevo al hielo que me espera impasible, lo contemplo y casi le veo sonreír, piso y me deslizo, no se ni como pero no caigo y como puedo llego de nuevo al barro que cruje menos y se hunde más, y las botas llegan felices al pueblo, todas llenas de barro, lo que no sabían es que en la fuente les esperaba una buena ducha de agua fría, fría y bien fría como el frío helador que hay en el pueblo y es que el termómetro sigue marcando un grado, estará estropeado. A saber.


Y desandando el camino entre la fuente y el aparcamiento observo colgado sobre un muro un cuadro, me acerco y no me lo puedo creer, cuantos años hacía que no lo veía: "Hilas y las ninfas" de John William Waterhouse, ahí es nada. Hilas y las Ninfas tal cual ajenos al frío helador que hay en Fresnéu.

Hilas, era hijo de Tiodamante, rey de los Dríopes, y de la ninfa Menodice, siendo muy niño Heracles mata a su padre y lo rapta. Después le educa y prendado por su extraordinaria belleza lo convierte en su compañero y amante. Ambos participaron en la expedición de los Argonautas, desembarcan en Misia y Hilas es el encargado de ir a buscar agua para la comida, encuentra una fuente y cuando se agacha para coger agua, las ninfas de la fuente, enamoradas de la belleza del joven, lo atrajeron y lo hundieron, para inmortalizarlo junto a ellas. Ante su tardanza, Heracles empezó a buscarlo, acusa de su desaparición a los habitantes de Misia pero finalmente llegan a un acuerdo y son ellos los que se encargarán de buscar a Hilas que jamás aparece. Mucho tiempo después, esta búsqueda había adquirido el rango de fiesta ritual los sacerdotes misios marchaban en procesión al monte cercano y gritaban por tres veces el nombre de Hilas. Según Nicandro, las ninfas habrían transformado a Hilas en eco por miedo de que Heracles lo encontrara.


Comentarios

El tejón ha dicho que…
Vaya comienzo de año, Carlos.
Una entrada preciosa, cada frase, cada historia, cada imagen.
Una maravilla.
Abrazos.