DEL DÍA QUE ME PERDÍ EN EL PAISAJE


"Ve más despacio y disfruta de la vida.
No sólo es el paisaje el que pierdes al ir rápido, 
también pierdes el sentido de adónde 
y por qué estás yendo".

Eddie Cantor


La lluvia inunda el paisaje, las desnudas ramas de los árboles retienen las infortunadas gotas que no han podido alcanzar el suelo y a través de ellas se puede contemplar otro paisaje, cada pequeña gota que cuelga de la rama de estos árboles humedecidos retiene un pequeño paisaje en su interior, mi mirada intenta captar esa belleza retenida, quien inventó la prisa no se paro nunca a contemplar una paisaje a través de las gotas de la lluvia...


Atravieso el bosque, una gota de lluvia se va a posar en el objetivo de mi cámara, las hayas se preguntan que hago aquí mientras la lluvia las embellece aún más si se puede, mi respiración se detiene mientras veo pasar un pequeño corzo que me mira al fondo de este bosque, se va y mi respiración vuelve, mi corazón se acompasa al latido del bosque, durmiente, aún anclado en el invierno...


La lluvia repentinamente se detiene, las nubes comienzan a descender sobre la tierra, como no van a desear tocarla, yo si yo fuese nube sería lo que desearía, poder tocar la tierra todos los días de mi larga vida de nube, jugaría como ellas con la montaña, subiendo y bajando por sus laderas...


Y al girar la cabeza, sobre las nubes en la oscuridad de la noche un blanco manto volvió a cubrir las altas montañas, cielo, nubes, nieve, montañas, el paisaje se contiene y me retiene intencionadamente, os imagináis como sería poder viajar sobre las nubes y de un salto sumergirse en la frialdad de esas blancas montañas, me quedo absorto imaginando, pensando, disfrutando, contemplando, admirando y también como no, soñando...


Casi sin darme cuenta, vuelvo a caminar entre las hayas mientras el sol comienza a iluminarnos, ellas con esos trajes verdes, yo remojado en el agua de la lluvia, a ellas las veo felices por el sol, yo feliz desde que empecé hace ya un buen rato...


Y acompañado por el sol comienzo a subir por la ladera, la inclinada pendiente me va alejando lentamente del profundo valle en el que las casas de la aldea parecen pequeñas construcciones de juguete, soledad y silencio, ya solo sale humo de una de estas casas, contemplo como sube, estará tratando de alcanzarme...


Un poco más arriba esta la cima, desde la collada contemplo como los buitres se han posado sobre ella y extienden sus largas alas para secarlas, quien soy yo para profanar ese lugar ahora mismo, el sol las irá calentando y volverán lentamente a surcar los cielos, yo mientras espero.... 


Y poso mi mirada en las altas montañas, más allá de los valles, allí las nubes siguen jugando en ellas, mientras el sol comienza a derretir lentamente la nieve, el cielo, las nubes, las montañas, la nieve, mi mirada, desde aquí cuento cuantas veces he estado en la cima de ellas...


De vez en cuando giro la vista y nada, allí siguen tan agusto sobre mi cima, disfrutando del día soleado y tranquilo, con calma...


Con su misma calma yo sigo contemplando, ese mundo calizo de roca y nieve que me fascina, un inmenso nubarrón parece querer escondermelas...



La inmensa nube acaba cubriéndolo todo, apenas asoma un poco de la Peña Santa, del Torco, de mi mirada...


Elevo mi vista hacía el cielo azul y contemplo como el último de los buitres surca el cielo, quien pudiera desplazarse así por esos cielos, con la paciencia de ellos, sin más prisa que sobrevolarlos, me quedo contemplándolo hasta que desaparece entre sus nubes...


Lentamente voy subiendo hasta su cima, que buen lugar para secarse al sol han elegido...


Una pluma, dos, otra aquí, tres o cuatro en la otra esquina, que puedo dejar yo, acaso una bota, abro mi mochila y guardo una de las plumas, me siento la mojada hierba contemplando el paisaje, ahora son ellos los que esperan sobrevolándome, tal vez quieran reclamarme el precio de esa pluma... 


Fue entonces cuando al volver a mirar de nuevo vi a las nubes que descendían sobre las copas de las montañas, una, dos, tres nubes que fueron formando una linea que me las ocultaba, y bajé de aquella atalaya en la que antes los buitres y después yo disfrutamos...


Y volvía a meterme en el bosque, entre las hayas, zizagueandolas, saludando a las viejas amigas que aún se alzan sobre el suelo del bosque, una a una, con calma...


Y al salir del bosque y alzar la vista las nubes me guiñaron un ojo y por el pude ver aún el sol en las altas montañas mientras yo recorría sin prisa los últimos metros hasta la cabaña.


Sentado debajo de aquella cabaña, mientras la lluvia volvía y la niebla convertía en mágicos aquellos paisajes que me rodeaban me acordé de un poema de Dulce María Loynaz que dice así:

Voy a medirme el amor
con una cinta de acero:
una punta en la montaña.
La otra..., ¡Clávala en el viento!




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