ACOMPAÑANDO A UNA TORTUGA EN AGUAS DEL OCEANO INDICO


 "El hombre lleva el peso de la gravedad en sus hombros. 
Sólo tiene que bajar al fondo del mar para sentirse libre".

Jacques Costeau



Ha pasado ya un tiempo, pero este momento siempre estará en ese gran espacio que almacena mi cerebro de momentos inolvidables de mi vida, fueron muchas las inmersiones en las que descubrí un mundo nuevo para mi, al menos para vista, si había disfrutado de muchísimos documentales y películas de la naturaleza de un mar con el que convivimos y que para muchos es un desconocido, un mar que hemos convertido en la cloaca de este planeta, yo acostumbrado a la presencia huidiza de los animales que caminan por montañas y bosques, me sumergí para ir admirando la inmensa biodiversidad que alberga un trocito de ese enorme océano que es el Indico. Los primeros días contemple tanta variedad que corría como un loco a ver en los paneles que peces eran los que había visto, marcando con mi dedo, este, este, este, ese otro. Al amanecer me sumergía y contemple en inmersión las primeras mantas, un animal que me fascinó por su mirada, parecía volar en el agua y mi presencia apenas le inmutaba, su elegancia en el nado me fascinó en los muchos encuentros que tuve con ellas. En este mundo que avanza tan deprisa realice las primeras inmersiones con una cámara o más bien un Gopro, que te permite bucear e ir gravando lo que estas viendo, la inmensidad y belleza de las barreras de coral en las que se esconden miles de peces de todas las formas y colores, el sonido al pasar por encima de ellas y muchas veces el chaco de ver que después de haber estado sumergido un buen rato, la cámara por mi torpeza solo había grabado fotografías de mi cara sumergido. Pero un día al recorrer el coral en un claro en aquel inmenso mundo apareció ella y os puedo jurar que sentí mi corazón palpitando bajo el agua, fue tanta la emoción que pensé que tenía que salir a superficie, me fascinó su velocidad, su agilidad, su dominio de un mundo en el que yo intentaba defenderme como podía, me dejó que la acompañara durante unos instantes que me robaron otro trocito de mi corazón. Tenemos un mundo maravilloso, somos realmente afortunados y aún así nos cuesta creerlo. La naturaleza no se cansa nunca de darnos segundas y terceras oportunidades y aún así nosotros insistimos en nuestra propia destrucción. Ojalá no sea así y dentro de no se, cien, dos cientos años alguien se sumerja en la mar y disfrute como yo de un momento que seguro que para él o ella también será inolvidable.

Un enorme abrazo a tod@s

Carlos


Comentarios

El tejón ha dicho que…
Gracias por compartir este vídeo, Carlos.
Un abrazo.