EL DESCUBRIMIENTO DE LA LENTITUD




Las hojas otoñales se tambalean casi a la misma velocidad que desciende el río, sin pausa baja acelerado casi tan precipitado como este corto otoño que se resiste a sucumbir luchando contra un invierno que pretende arrebatárnoslo.


En la blancura inmaculada de la nieve que desciende constante de las nubes se van quedando marcadas huellas que dibujan un paisaje que comienza a cubrirse de blanco, ellos fueron los primeros en impregnar su dibujo yo camino contemplativo y expectante pensando que tal vez sea hoy ese día.


Los robles se alzan hacía ese cielo suplicantes, cubriendo sus ramas de musgos y líquenes, redescubriendo para quien quiera contemplarlos un paisaje diferente, un bello espectáculo para embellecer ramas y troncos, una competencia por un espacio vertical que garantiza al espectador un singular espectáculo de belleza.


La mirada no da abasto para contemplar, los sentidos se compenetran en este lugar en el que necesariamente todos deben estar disponibles, las hojas languidecen como pequeñas mariposas que cuelgan de las finas ramas de algún árbol o más bien parecen bailarinas de ballet mecidas por el viento.


Cada paso es un suplicio, podemos dejar de observar setas, hongos, líquenes, anfibios... ¿como perderse tanto espectáculo caminando? el cerebro ordena la constante detención y el ojo observa, capta, percibe como una pequeña seta se alza entre el musgo verde humedecido por el agua, llueve y el agua desciende y me desciende.


Las hojas empujadas por el viento tiñen de colores el bosque, el bosque que comienza a blanquearse, la nieve compite por monocolizar el bosque mientras las hojas y los árboles luchan por ponerle color. 


Gota a gota, el frío avanza impasible conquistando centímetro a centímetro el suelo del bosque, la gota resbala lentamente negándose a caer, tal vez desde allí contemple como millones de sus hermanas forman un mundo sólido y ella líquido elemento se niegue a formar parte de el.


Hace ya un tiempo leí un libro sobre el descubrimiento de la lentitud, mi lentitud la que llevo, a la que camino, tal vez debería de ser estudiada nuevamente, aquel personaje era incapaz de hacer nada rápido, yo me muevo lentamente, muy lentamente, tengo miedo de pisar, tengo miedo de seguir y perderme un nuevo espectáculo.


Pausa, mi vista se alza nuevamente al cielo en el que las ramas alzan sus ofrendas, en el que cada una compite por ser la más bella, adornándose de su espectacular naturaleza.


Algunas se descomponen lentamente en un suelo frío y aún así no renuncian a embellecerse, y se alzan entre la blancura para mostrar su belleza.


Contemplo el suelo y veo moverse una hoja, ¿las hojas saltan? ¿croan? mimetizada en su mundo otoñal, la pequeña rana bermeja observa la blancura de la nieve. ¿Podrán las ranas bermejas mimetizarse en blanco?.


Unos metros más allá una pequeña rana de la misma especie intenta pasar desapercibida al lado de una hoja, ambas sobre un mundo blanco, me acerco, la recojo, se encuentra agusto en el calor de mi mano, percibo su pequeño corazón latiendo en la palma de mi mano, me acerco lentamente a un tronco de un árbol que el musgo cubre completamente y acerco mi mano, ella salta hacía el musgo y allí se queda inmóvil. Definitivamente, no, no pueden camuflarse de blanco.  


Miro hacía atrás y veo que las hojas del otoño continúan balanceándose sobre un río que suena atronador, que desciende vertiginoso y casi con furia, apenas he avanzado unos pocos metros, dos a lo sumo, me han dicho que la ruta completa serán unos catorce, catorce mil.... de esos metros.



Comentarios

Sara ha dicho que…
Maravillosa entrada, lentitud de esa naturaleza que nos envuelve y nos transforma en mejores personas. Me han encantado todas las imágenes. Mi abrazotedecisivo amigo