EL UNICORNIO


"Los sueños son los patios de juegos de los unicornios".

Edward Topsell



Selmo era el único hijo de una mujer soltera en una pequeña aldea escondida en un profundo valle de la geografía asturiana, a fuerza de incar los codos y de la dureza de la vara de avellano de la profesora había conseguido aprender a leer y poco más; Selmo con poco más de doce años dejó la escuela, como todos los niños que vivían en aquella aldea, comenzó a subir al monte todas los días con sus siete cabras; la profesora no insistió mucho cuando su madre bajo a la escuela una mañana y le dijo que Selmo no volvería. Así que cada mañana muy temprano se levantaba, abría la portilla de las cabras y subía con ellas monte arriba hasta el atardecer, hiciese el tiempo que hiciese y fuese el día que fuese. 

Una mañana antes de irse su madre le dijo que iba a ir hasta la ciudad, Selmo arreó las cabras para el monte y en el pasó uno más de sus días. Al regresar su madre le esperaba en la puerta de la casa, él guardó a las cabras y se acercó a ella, esta le miró y le dijo que le había traído un regalo de la ciudad, Selmo entró en la casa y sobre la mesa vio un libro, un hermoso animal con un solo cuerno adornaba la portada, y leyó el título "el último unicornio", miró a su madre y le dijo: "madre, ¿ya no hay unicornios"" y su madre sonriendo le dijo: "léelo Selmo, léelo". Se sentó en la mesa y comenzó a leerlo en voz alta: "a la memoria del doctor Olfert Dapper, que en 1673 vio a un unicornio salvaje en los bosques de Maine, y para Roben Nathan, que ha visto uno o dos en Los Ángeles". 

"Madre, existen, grito Selmo, dos hombres vieron unicornios" y siguió leyendo mientras cenaba: "la unicornio vivía en un bosque de lilas, completamente sola. Era muy vieja, aunque no lo supiera, y ya no tenía el negligente color de la espuma del mar, sino más bien el de la nieve que cae en las noches iluminadas por la luna. Pero sus ojos todavía eran límpidos e inquietos, y se movía como una sombra sobre el mar"; y allí sobre la mesa con el libro entre las manos le venció el sueño, su madre cerró el libro y le llevó hasta la cama. Los días fueron transcurriendo y aquel libro le acompañó monte arriba  y monte abajo y lo leía mientras contemplaba como las cabras se encaramaban a los riscos mas altos de las peñas. Las páginas fueron sucediéndose y finalmente lo acabó, aquella tarde al llegar a casa, se sentó al lado de su madre y le recitó:

No soy rey, ni soy noble,
ni soy soldado, dijo él.
No soy más que un arpista, un arpista muy pobre
que ha venido hasta aquí para casarse contigo.

Si fueras un noble, serías mi señor, 
al igual que si fueras un ladrón, dijo ella. 
Y si eres arpista, serás mi arpista, 
pues no hago la menor distinción, 
pues no hago la menor distinción.

¿Y si te pruebo que no soy un arpista, 
que por tu amor oculté la verdad? 
En ese caso te enseñorea tocar y a cantar,
porque las arpas me gustan, de verdad.

"Madre, así acaba el libro, buscaré unicornios porque ese hermoso animal no pudo haber sido el último". Amaneció el día siguiente entre nieblas y Selmo subió como siempre por el camino de la peña, allí arriba sentado en un peñasco mientras las cabras se perdían en la espesura de la niebla escuchó como a su espada bajaban piedras, al girarse lo vio, sobre el alto de la peña difuminado entre la niebla un unicornio le contemplaba, se puso de pie para verlo mejor, él tenía razón, los unicornios no se habían extinguido, casi como aparecó se fue entre la niebla y  Selmo se precipitó en una alocada carrera monte abajo hasta su casa, llegó casi sin aliento y abrió la puerta sorprendiendo a su madre que cocinaba y le dijo: "madre, madre, existen los unicornios siguen vivos, he visto uno en lo alto de la peña". Su madre acariciándole el pelo le dijo: "si hijo, si existen, los sueños son los patios de juegos de los unicornios". 




Comentarios

VENTANA DE FOTO ha dicho que…
Preciosa leyenda que me ha amenizado la tarde.

Besos