SOLAFOZ




No hacemos más que caminar por aquellos caminos que fueron transitados y que nos dejaron para que nosotros los transitásemos, aunque ahora yacen cubiertos de los árboles caídos durante las nevadas y olvidados, aunque permanecen en nuestra memoria como aquellos seres queridos que transitan en nuestros corazones. Sobrefoz es una precioso pueblo pongueto formado por tres barrios: L´Aldea (fotografía superior), Yano y Güiles; desde el primero de ellos, justo en el puente que cruza el río Ponga vamos a caminar hacía una majada perdida en la noche de los tiempos: Solafoz.


Casi como en los cuentos de hadas comenzamos a ascender con la niebla cubriendo las montañas y amagando con bajar hacía los valles, los días lluviosos han vuelto a embellecer y de que modo un paisaje ya de por si espectacular y las piedras que se elevan por el camino carretero que asciende por la peña hacía la cueva La Llosa amenazan en más de una ocasión con hacernos perder esa verticalidad de la que tanto disfrutamos. Tupido el bosque, ramas caídas sobre el camino, verde a cada cual más intenso y el disfrute emocional de la cueva, abrigo natural para el ganado, con unas vistas privilegiadas de L´Aldea.


El camino asciende ladera arriba, en revueltas sobre la peña, la lluvia ha embellecido las flores, las ya de por si hermosas telas de araña de las que cuelgan las gotas de la lluvia que cesó al amanecer, así llegamos a la parte alta, donde converge la pista cementada que también asciende la peña desde el puente Cima que atraviesa el Ponga. Durante un largo tramo iremos por ella justo por debajo del monte La Porquera, la niebla cubre incesante el paisaje, lo transforma, lo convierte en mágico. El camino nos lleva sin dificultad hasta el arroyo Sobrelafoz, afluente del Ponga, que no cruzamos.


A nuestra derecha sale un camino, nos abrimos paso en la hojarrasca de un árbol derribado durante las pasadas nevadas, cuantos hay en estos caminos, y seguimos de nuevo por un pista carretera, de las de antes, de piedra y tierra, paralelos al río, el bosque nos regala toda su hermosura, en este silencio solo roto por el agua que desciende, mientras nosotros lo ascendemos, setas, helechos, musgo, líquenes compiten a detener nuestros pasos y también el río que a veces se aleja injustamente de nosotros y hay que buscarlo, disfrutarlo, perderse en sus pequeñas cascadas, disfrutar y ver.


Atravesamos el riachuelo en su parte alta, ya muy cerca de Solafoz, la niebla ha descendido casi a la vez que nosotros ascendíamos y juega a ocultarnos esta bella majada, de cabañas olvidadas, que los helechos esconden aún más, donde las piedras han ido cayendo por el paso del tiempo, deambulamos entre ellas como fantasmas, como hacen ahora los que aquí vivieron y disfrutaron de este bello rincón no olvidado de nuestra tierra, los techos llenos de musgo, los caminos sumergidos en fango, el silencio y la niebla que convierte en mágico este rincón que ya lo es.


La visita es corta, aunque intensa, el corazón late muy deprisa en lugares como este, que cuesta abandonar, volvemos sobre nuestros pasos o lo intentamos, deambulamos aún por la majada, con pena, aunque sabemos que volveremos, que de nuevo nuestras botas volverán a subir hasta aquí, para disfrutar de la soledad de estas piedras que un día tuvieron vida y que ahora embellecen aún más Solafoz. 


Descendemos, con la niebla que parece querer acompañarnos, con el barro que cubre cada centímetro de este bello camino, con la belleza que nos regala un paisaje en el que esperamos encontrarnos con cualquiera de esos seres mitológicos de nuestras leyendas, tal vez una xana a la orilla del río o un trasgu que juegue a ocultarse tras un haya, nuestras pisadas subiendo son tapadas por nuestras huellas al bajar mezcladas con las de zorros, corzos, jabalíes, ciervos y las de algún lobo, mientras la niebla llega con nosotros hasta la misma orilla del Ponga, acompañándonos en nuestro regreso al valle. 


La belleza de nuestros paisaje, caminar sin más razón que contemplar lo que la naturaleza nos va mostrando en el camino, disfrutar, detenerse y contemplar, la niebla no siempre se convierte en tu aliada en la montaña, hay que respetarla aunque algunas veces como esta y muchas otras aporta ese magia que ya de por si lo envuelve. Un placer volver a Solafoz, un lugar inolvidable y que queda para siempre en tu memoria.

Ver más fotografías del camino a Solafoz



Comentarios

Mujer Virtual ha dicho que…
Volver sobre sus pasos pero traer consigo esa magia en la que se fue envuelto paso a paso.
¡Precioso!
Un abrazo
VENTANA DE FOTO ha dicho que…
Sigo con atención tus explicaciones, mientras la vista se deleita con tan magníficas vistas.

Besos