LUCAS Y TELMO


Me contaron esta historia en una fría noche de invierno, una noche en la que la oscuridad apenas deja ver las estrellas, en la que los fogones no daban a basto a quemar leña y en la que el viento y el agua incansablemente golpeaban los valles y amagaban con derribar todas las tejas de aquella humilde cabaña en la que nos encontrábamos, sentados tras una vieja mesa de cocina intentábamos acostumbrar nuestros cuerpos a la frialdad que entraba por las rendijas de aquel pequeño cuarto, la vieja estufa no daba a basto a desprender calor. Las manos, nuestras manos agarraban la caliente taza de café de pota que Juan, el pastor, nos había calentado en su cocina, esperando en silencio como otras muchas veces a que nos contará alguna de sus muchas historias de pastores.


Juan es un hombre tranquilo, de esos que no tienen prisa ni cuando la prisa la tiene, un hombre sin relojes, sin calendarios, al que las horas se la marcan sus cabras y al que le da igual un lunes que un domingo, un hombre de mirada dura y de gesto amable, de manos encallecidas y de infancia robada, un hombre que cuenta lo que le contaron o en muchos casos lo que vio y que también sabe esconder aquello que vio y tiene que callar, lentamente se acercó a la ventana, miró la oscuridad de la noche y se sentó en la mesa, sorbió un trago largo del caliente café y nos mirándonos a los ojos nos dijo: os voy a contar la historia de dos hermanos, dos hermanos que vivían en la casa que esta en lo alto, justo al lado del roble grande, a las afueras del pueblo, la casa de Paco el de Aquilina la de Cundo.


Lucas y Telmo apenas si tenían diez años, dos menos que yo en esa época de la que os hablo, un día su padre los mando con las cabras río arriba en pleno invierno, Paco, el padre era muy cabezón y nunca escuchaba a nadie, no eran días para salir al monte con las cabras y mucho menos acercarse al río, pero Paco el de Aquilina no aguantaba estarse quieto y viendo a los chavales holgados los mandó río arriba con ellas mientras él subía al montea cortar leña. Aquilina la de Cundo salió de casa y subió corriendo hasta la casa de mis padres y llorando entró en ella gritando: el mi Paco mando a los mis hijos río abajo con las cabras Aurina. Mi madre miró a mi padre y mi padre agachó la cabeza y yo vi en la mirada de Aquilina el miedo, el mismo miedo que tenían en sus ojos mi padre y mi madre.


Media hora después comenzó el  temporal, la tormenta se desató desde las más altas peñas y bajo monte abajo convirtiendo el valle en un mar de agua y viento, esta barrió con furia todas las laderas y pronto comenzaron a aparecer miles de arroyos desbocados por todos lados y el río comenzó a bajar sucio y crecido, bravo, rugiente y desafiante. Nadie en la aldea salía de sus casas y las mujeres rezaban a todos aquellos santos conocidos y también a aquellos que no conocían; Paco el de Aquilina llegó a duras penas a su casa desde el monte, cuando entró vio a su mujer llorando, le preguntó por los chicos, pero no habían llegado, corrió de casa en casa buscando hombres para ir río arriba, mi padre fue uno de ellos, otros se negaron, intentaron salir de la aldea pero no pudieron, era tal la fuerza del agua y del viento que ni siquiera Paco que lloraba y maldecía podía caminar dos pasos y allí refugiados en la iglesia esperaron horas y más horas mientras el río crecía y la furia del agua y del viento asolaba el valle. Al cabo de varias horas cesó la tormenta y comenzaron a recorrer los caminos desesperados, las laderas, los arroyos y las cercanías de un río henchido de agua sin hallarlos, ni a ellos ni a ninguna de las cabras, tampoco aparecieron al día siguiente, ni al siguiente, ni el domingo ni al siguiente y ya todos en el pueblo los dieron por perdidos. Lucas y Telmo nunca aparecieron, durante años Paco y cada vez menos hombres los buscaron por todo el valle, pero nunca encontró ni rastro de ellos. 


  Un día un pastor que bajaba con sus cabras al lado del río vio dos enormes piedras en medio del cauce de agua, se quedó mirándolas extrañado porque había pasado por allí muchos años y nunca las había visto, bajo al pueblo y lo comentó con los hombres, algunos subieron a verlo y con ellos Paco, al verlas desde lo alto se puso a llorar, al igual que algunos de los hombres que le acompañaban y sin esperarlo se lanzó al río estrellándose contra ellas. Cuentan los que por allí pasan que en días como los de hoy, de duro temporal en el valle, cuando el río baja desbocado y crecido si agudizas el oído puedes escuchar el llanto de un hombre en las cercanías de esas dos piedras. Juan apuró su café de un trago, nos miró a los ojos, atizó de nuevo el fuego y se acurrucó a lado de la ventana con una manta, mientras nosotros seguíamos escuchando como el viento y el agua intentaban derribar el tejado de aquella pequeña cabaña.


Comentarios

Sara ha dicho que…
Precioso relato Carlos...viajé hasta esa cabaña yo también, y disfruté de la historia...a través de tus imágenes se puede escuchar el llanto de aquel hombre...
Mi abrazotedecisivo
VENTANA DE FOTO ha dicho que…
Las cascada da vida al bosque por lo que ambos espacios se complementan. Las casas de los pastores cómo todos los edificios que se abandonan, ya no queda nada más que unos restos que testimonian su pasado.

Besos
CARLOS ha dicho que…
Sara, yo aún sigo allí, casi no pegue ojo esperando a que se levantará y volver a escuchar alguna de sus muchas historias, desgarrador, triste, pero la vida en esas aldeas de montaña lo era y mucho. Un enorme abrazo amiga.

Ventana de foto, a veces la vida sigue, no nos damos cuenta de ello pero ese abandono al que sometemos todo lo que nos son ciudades nos pasará factura, la vida allí arriba es dura pero es vida. Un beso.