SEVILLA


   Dudaba en si hablar o no hablar de Sevilla principalmente porque fue una visita corta pero intensa en la que recorrer no fue lo primordial pero si lo principal, de como llegué, pues en autobús, desde uno de sus pueblos circundantes, tomando el autobús que recorre los pueblos antes de llegar a la estación de autobuses de la Plaza de Armas y desde allí al río y como una bala a la Triana, y porque primero Triana diréis pues porque Triana es para eso para ir rápido y directo a ella, había leído tanto que crucé el puente sobre el Guadalquivir como aquel que se ha ido de Triana y vuelve, para recorrerla despacio, en silencio, escuchando los cascos de los caballos por calles como Pureza, Betis, Santa Ana, San Jacinto... y los rincones, los callejones, las iglesias, los bares, la gente... la mañana en Triana es tranquila de cafés llenos de gente, locales a punto de abrir, conversaciones a gritos en sus calles, estrecheces y la vista al salir al río puesta en la Giralda, la Torre del Oro o la Catedral.


   Y después de ese ansía de conocer Triana, aunque me imagino que no lo fue todo, solo el callejeo de aquí para allá por sus calles en busca de esa esencia del barrio me vuelvo al Guadalquivir, contemplo como los barcos pasean por sus aguas repletos de gente que como yo quiere conocer Sevilla y mis ganas de conocer me traicionan, apenas si serán unas horas en esta ciudad y me consumen las ganas de no perderme nada, así que me lanzo hacía la Torre del Oro y contemplo como la ciudad se calma, como la gente se detiene en los cafés y las terrazas, como el tranvía pasa lento y las palomas parecen retener su vuelo hacía las palmeras, hasta el sol parece detenerse en esta Sevilla mañanera y me calmo, el reloj no marca la hora de irse, marca tantas horas que me desplazo lento y voy redescubriendo rincones, mirando a las alturas y rebuscando en la Sevilla que todos queremos ver y que yo volveré cuando vuelva.


  Y como fue una visita rápida no voy a atolondraros a monumentos, su catedral, preciosa, enorme, luminosa y con unas vidrieras que me tuvieron retenido más de la cuenta para al salir volver a pararme frente a ese alma sevillana que nos demuestra su arte en una de sus puertas, un lujo su arte. Y entonces presiento las colas, esas colas enormes de quienes como yo quieren disfrutar rápido de una ciudad lenta, la Giralda, dos vueltas sobre ella, el Alcazar, la marea gira y gira calle arriba y dejo que mis pies me lleven al parque, a ese Parque María Luisa andable, recorrible y disfrutable, sigo sin encontrar lo que busco entre la marea humana que recorre sus paseos e inunda esa hermosura que es la Plaza de España y descubro el rincón de mi provincia, curioso, sin nadie.


   Y desando todo lo andado para volver a la catedral e internarme en ese barrio que es Santa Cruz, de nuevo callejeo por sus calles con nombres tan curiosos como Pimienta, Justino de Neve, Callejón  del Agua, Vida, Susona, Judería, Jamerdana, Gloria, Mateos Gago o Mezquita y descubro sus casas señoriales, sus palacios, sus plazas, sus muchas plazas en esa hora en la que las calles se inundan de gentes que disfrutan de la rica gastronomía de Sevilla y me digo, es la hora, no habrá cola y me voy raudo bajando Santa Cruz hasta el Alcazar.


  Solo unos pocos han pensando como yo y aguardan la corta cola y allí a la entrada del Alcazar huelo lo que busco, el olor de esa Sevilla de naranjos, limones y azahar mezclados en los patios, en los muchos patios de ese Alcazar que recorro lento entre fuentes, callejones, paseos, árboles, plantas, flores, pájaros y como no otros que como yo buscan esa esencia de Sevilla, que maravilloso juego de jardines echos a capricho en semejante monumento y al salir por ese patio de naranjos me quedo prendado de la vista de la Giralda, que caprichoso el arquitecto que la diseñó y que guapa.


  Ya de regreso en el atardecer de la tarde sevillana no me conformo con volver y de nuevo cruzo hacía Triana para bajar la calle Betis por el río y ver como allí montan las terrazas, mientras curioso, descubro que la lluvia en Sevilla si es una maravilla y unas gotas de agua refrescan la calurosa tarde sevillana y de nuevo cruzo el puente de Triana girándome para decirle hasta que vuelva, porque una ciudad como Sevilla no se puede visitar en unas pocas horas. De Sevilla os dejo lo que vi, también lo que sentí y lo que fui descubriendo después de una visita acelerada de ocho horas.



Comentarios

VENTANA DE FOTO ha dicho que…
Si que te ha cundido el tiempo! tus imágenes muestran los lugares más emblemáticos de la ciudad...ahora después de haber visitado la ciudad comprenderás el título de la canción "Sevilla tiene un color especial"...me alegro de uqe te guste Andalucía.

Besos
CARLOS ha dicho que…
Ventana de foto.- Apenas si fueron unas horas, intensas, fundiéndome en ese aroma que tiene Sevilla, ahora habrá que volver en primavera y ver ese color especial. Me gusta y mucho. Un beso Antonia.
Laura. M ha dicho que…
Preciosas fotos... Me encanta Sevilla y sus gentes.Le tengo varias entradas en el blog Hemos estado varias veces con la moto con Vespaclubsevilla y disfrutado buenos día por allí con amigos.
Un beso.