VAMOS


   Recuerdo mi brazo a punto de soltarse de mi hombro mientras mi abuela tiraba de el camino de lavadero, mis pequeñas piernas intentaban sin éxito conseguir que mis pies no caminaran y estos se arrastraban camino abajo ante la fuerza que ella ejercía. Yo, lo confieso, lloraba, pataleaba y me escondía cuando veía a mi abuela coger la pesada tina llena de sucia ropa. Lo sabía porque su mirada se posaba en mis alocados ojos y aunque yo me hacía el distraído y evitaba mirarla, lo percibía, a su mirada siempre le seguía un "vamos" que sonaba amenazante y entonces yo echaba a correr, pero ella siempre intuía mi carrera y me agarraba con su fuerte mano, con ella cogía mis pequeñas manos y con ella me arrastraba camino abajo hasta la fuente, allí siempre me sentaba a su lado, entre otras mujeres, cuyos hijos disfrutaban de la libertad que yo no tenía, y allí ella arrojaba el contenido de la tina en el agua limpia, poco a poco la limpia agua iba adquiriendo una curiosa mezcla de los colores de la ropa, sumados a la suciedad que de ella se desprendía y al jabón con el que restregaba una y mil veces la ropa contra la piedra. El aroma de las flores, del verde de los campos, del azul de los cielos desaparecía y era sustituido por un inquietante olor a jabón mantecoso. Y también los sonidos, el canto de lo pájaros, el croar de alguna rana o el imperceptible aletear de una mariposa desaparecían dando paso a la mezcla de sus risas alocadas, de charlas sin fin y gritos y más gritos. El tiempo se me hacía eterno en aquel lavadero mientras contemplaba como ella era capaz de lavar la ropa, hablar con otras mujeres y no perderme de vista ni un solo instante, a cada intento mío de alejarme un poco de su lado le seguía un "que te dije", tan amenazador como ese "vamos" que iniciaba aquellas terroríficas tardes de lavadero. Así que, con el paso de las días, con las muchas idas y bajadas me fui acostumbrando a los olores, a la falta de silencio, a ese mundo de ropa limpia, agua cada vez más sucia y renacuajos.

Johannes Linstead - Sueños en tus ojos


Comentarios

maluferre ha dicho que…
También a mí me toco ir al lavadero, pero sin embargo a mí me gustaba. Era todo bullicio. Además siempre había gente menuda como yo con los que jugar y cuando se despistaban nuestras respectivas cuidadoras chapuzabamos un poco con el agua y eso me encantaba, así que mis recuerdos del lavadero son gratos.
Besos
Sara ha dicho que…
Que recuerdos Carlos, yo cuando iba a Jomenzana o a La vega del Ciego no me sacaban del lavadero, quería incluso comer allí y atrapar renacuajos...muchos renacuajos.
Que recuerdos más preciosos me ha traido esta entrada. GRACIAS.
Mi abrazotedecisivo
fany sinrimas ha dicho que…
Me estoy maravillando de tus relatos; recreas un pasado rural con realismo y emotividad.Eran tiempos duros, pero los niños no sabían hasta qué punto lo era el lavar la ropa en el lavadero público o en el río...La Naturaleza era un fantástico escenario para jugar y forjar el alma en ese amor al bosque, a los ríos, a los animales, que formaban parte de la vida.

Los renacuajos me encantan; he tenido en casa varios animalitos pequeños y he seguido toda la metamorfosis del renacuajo hasta que se hace rana adulta.Tus relatos son muy evocadores.

Enhorabuena.